El neoliberalismo es la forma postmoderna del fascismo

José Vidal Calatayud – El Faro Crítico

Ciclo15M Tercer Aniversario

(Urgente: “Queridos amigos, me es grato comunicaros que…)

…el neoliberalismo es la forma postmoderna del fascismo”

Escribir, aunque sea para otros, es un arte sospechoso. Más aún cuando la escritura es un ataque contra “el sistema”. Porque ¿dónde quedará entonces nuestra capacidad de “verdad”?

Nuestra verdad, nuestro método

Y ¿qué clase de texto podría hacerse? Desde luego no uno encuadrable en el llamado “giro lingüístico”, sino uno que pertenecerá a lo que llamaríamos el “giro estratégico” o “giro bélico”: concebimos, y construiremos, nuestro texto como un arma, un dispositivo que busca la victoria -de “nosotros” sobre el enemigo político, ideológico-, no una “verdad” sometida siempre al discurso del poder y sus mecanismos institucionales de neutralización. Asumimos que este texto es presa de una voluntad de poder que lo hace “tendencioso” -esto es, que va hacia algún lugar-, y queremos que esa voluntad coincida con la de los laminados por el sistema socio-político, entre los que nos contamos. La Academia podrá decir que un discurso tal no es “serio”, “verdadero”; y nosotros podremos preguntarnos qué ha hecho hasta hoy la Academia por la liberación de la explotación, el engaño y la estupidez, especialmente en nuestro país -ese sería otro libro, que sin duda haremos-. Realmente la Academia es hoy uno de los mecanismos más comprometidos con el sistema de “espectáculo” que diseña el engaño masivo -y mejor no pasemos aún revista a sus componentes individuales-.

Pero ¿qué va a haber de “ataque” en nuestro texto? La tesis que vamos a sostener es más compleja de lo que una simple ojeada pudiera hacer pensar: si en la modernidad el liberalismo se opondría, en apariencia casi totalmente, a los sistemas autoritarios y fascistas, en la postmodernidad esa diferencia desaparecería; o tendería paradójicamente a desaparecer en la medida en que el sistema se fuera haciendo más propiamente “neoliberal”, de modo que si llegara a serlo absolutamente, encarnaría absolutamente el fascismo.

Somos conscientes de que esta tesis choca frontalmente con casi todo lo escrito antes sobre los sistemas de “democracia representativa”. Sin embargo, debemos seguir ese principio, formulado por todos los maestros de la sospecha, por el cual, igual que nadie juzga a una persona por lo que ésta dice de sí misma, tampoco es serio juzgar a un sistema social por lo que éste afirma ser. De manera que las teorías de la llamada “Ciencia Política” y de la Filosofíadel Derecho, principales valedores de aquél, deben quedar descartadas desde el comienzo en nuestra discusión. Sus discursos pretendían que en el origen del poder hay una verdad que produce derecho, y enmascaraban así la dominación como legalidad. Hay sin embargo otros análisis que conciben el poder como dominio y relación de fuerzas; con éstos, construidos como armas contra toda forma de opresión, tendremos que medirnos a fondo. Nos referimos a los estudios de Michel Foucault y Jean Baudrillard, que han servido de base a rigurosas posiciones alternativas y anticapitalistas. Con ellos el “método genealógico” de raíz nietzscheana se impone en nuestro análisis, que tratará de oponerse a discursos pretendidamente científicos que entendían el poder como resultado contractual o como función garante de la explotación económica.

Y analizaremos cómo esa relación de fuerzas en la era postmoderna está cambiando respecto a la fase moderna del poder “liberal”; porque una nueva situación de “guerra” se ha producido en las últimas décadas, un nuevo desequilibrio.

El poder en Foucault: “soberanía” y liberalismo (o “biopoder”)

“Guerra” que nunca podría aparecer en las teorías contractuales del poder, ya que éstas partían de un sujeto que cedía voluntariamente sus derechos y seguía amparado por la ley. Sin embargo, si estudiamos, como aconseja Foucault, el poder en los límites de su legalidad, en sus rincones menos típicos, y como algo no igualitariamente distribuido, el resultado es diferente. Se muestra entonces como teniendo en sí su objetivo principal; aparecen sus operadores materiales, y su esencia ilegítima de dominación aparece en toda su profundidad, como resultado de desequilibrios bélicos[1].

A grades rasgos la diferencia entre los regímenes absolutistas y los liberales era en los estudios foucaultianos el paso de un poder de “soberanía” -que “podía hacer morir y dejaba vivir”-, y a través de unas tecnologías disciplinarias, a un sistema de “biopoder” -que “hace vivir y deja morir”-. Por el carácter rudimentario de sus tecnologías, el dominio “soberano” no podía ocupar y gestionar totalmente la vida desde el poder, controlar los factores de población -natalidad, movilidad, mortalidad-, o no más que de manera tosca e insatisfactoria, y por ello no podía utilizarlos como factor económico en toda su potencia.

Con el liberalismo y el neoliberalismo parecía que el poder de soberanía hubiera sido totalmente desterrado -más aún, parecía, como en el marxismo, que el poder sirviera a la economía y se sacrificase por ésta-, siendo ahora la dominación dedicada aparentemente a producir vida, bienestar; en realidad, a una generación no ya del soberano, sino de la “población”, a partir de unas relaciones de dominio convertidas en relaciones de explotación -extraer tiempo y trabajo, no sólo bienes[2]- y posteriormente de consumo. Aparece la normalización, que al principio disciplina los saberes y los cuerpos y que más tarde regularizará las multitudes, sus deseos y necesidades, contando así con la sumisión voluntaria de la población gracias a una extensión social de la utilidad. El aspecto represivo del poder, su dispensación de dolor y muerte parecían haber casi desaparecido, y su función haberse limitado -ampliado, en realidad- a producir la felicidad del mayor número de ciudadanos. Sin embargo había márgenes y rincones oscuros que hacían que los más maliciosos dudaran de ese nuevo carácter benéfico del Estado y sus mecanismos.

Ahora el ciclo se ha invertido: aquella “utilidad” parece buscar una restricción drástica de sus beneficiarios, y los aspectos bondadosos de la biopolítica retroceden, tal vez hacia su total desaparición, en favor de una “soberanía” anónima del capital -encarnada ante todo de nuevo en distribución de la represión y la miseria-. En qué medida esto estaba implícito en el nucleo duro del liberalismo, y también en qué medida vuelve, tras el neoliberalismo de hierática sonrisa de los años 80 y 90, la forma primitiva, ultraviolenta, del fascismo, es lo que aquí tendremos que discernir -casi que predecir, ejercicio aquejado de una tasa de imposibilidad incalculable-. Pero para ello debemos analizar de dónde venimos.

Neoliberalismos[3]

La idea clave del Liberalismo es que la economía política exige la autolimitación de la razón gubernamental: gobernar menos para lograr la eficacia máxima, dado que los fenómenos tratados son “naturales”. Esta autolimitación es la condición de inteligibilidad de la “biopolítica”, esto es, del manejo de la población. Secuela suya, el “neoliberalismo” será identificado por Foucault con la “economía social de mercado”; él se opone a la “crítica inflacionaria” que creía ver “fascismo” en el funcionamiento de los Estados “democráticos”. El liberalismo sería lo opuesto al fascismo; y ello porque el Mercado es ahora “el ámbito de veredicción” que impone la limitación interna del poder político por dos caminos: el revolucionario, que parte de los derechos humanos para fundar el poder, y el utilitarista, que parte de la práctica gubernamental para limitarla por consideraciones de utilidad. En Foucault “liberalismo” significa cómo el arte de gobernar produce la libertad, la promueve y la enmarca.

Pero el Liberalismo como cálculo de riesgos en el libre juego de intereses implicaba el establecimiento de múltiples mecanismos de seguridad. Esta era su paradoja: la doble exigencia de libertad y seguridad, que produjo tantas crisis de gobernabilidad a lo largo de los siglos XIX y XX, forzando a su vez a una revisión del arte liberal de gobernar. Surge entonces, tras la segunda guerra mundial, el Neoliberalismo, en sus dos formas principales, que se han llamado “ordoliberalismo” alemán y “anarcoliberalismo” norteamericano. El primero hace valer la competencia pura en el terreno económico, mientras corrige sus efectos mediante intervenciones estatales de “política social”; el americano, que ahora se nos impone aquí y en todo el planeta, procura extender la “racionalidad” del mercado a ámbitos tenidos hasta entonces por no económicos, eliminando toda dimensión social, si bien manteniendo la actuación “biopolítica”.

Los problemas de la “biopolítica” -los de la salud, la natalidad, los movimientos de población, las razas- son un desafío para el marco de racionalidad política que es el Liberalismo: ¿cómo tomar en cuenta a “la población”, manejarla, si se está obligado a respetar la libertad de iniciativa de los individuos? Basándose en la necesidad de un método nominalista en historia, Foucault no analiza el Liberalismo como una teoría ni como una ideología, sino como una manera de actuar orientada hacia objetivos y regulada por una reflexión continua.

Contra las ideas de soberanía del siglo XVI, que veían como fin en sí el fortalecimiento del Estado, el Liberalismo piensa que siempre se gobierna demasiado. Surge la pregunta de por qué habría que gobernar, y se responde que ello se hace en nombre de “la Sociedad Civil”, correlato de las tecnologías liberales de gobierno. El liberalismo clásico oponía la Sociedad al Estado como la naturaleza al artificio, la espontaneidad a la coacción; pero la “sociedad” constituye además el blanco de una intervención gubernamental permanente, no para restringir las libertades sino para producirlas, promoverlas y garantizarlas. Así que la sociedad civil no sólo limita al gobierno, sino que permite su acción y la sufre.

Pero la distinción entre “Estado” y “Sociedad civil” no es un universal histórico y político, sino una esquematización que procede de la tecnología específica de gobierno del Liberalismo. De modo que éste no sería una utopía no realizada, sino un instrumento crítico de la gobernabilidad, que quiere limitar. Y lo más importante en la crítica liberal, lo “natural” es la realidad del mercado y la economía política. El Liberalismo no es más jurídico que económico, no trata más de la “soberanía” que del “biopoder”; pero encontró algo muy útil en la regulación jurídica, porque la ley excluye las medidas particulares y excepcionales y porque la participación de los gobernados en la legislación es un modo muy eficaz de economía gubernamental. Además el Derecho le permite negar que las condiciones de su gobierno sean las de una guerra. Hay que recordar aquí que la Democracia y el Estado de Derecho no son forzosamente “liberales”, ni el Liberalismo forzosamente “democrático”, aunque es cierto que la limitación de la gobernación da origen a lo que se llama “la vida política”.

Tanto en el neoliberalismo alemán desde 1948 -que tiene su base ideológica en el Neokantismo, la Fenomenología y la sociología de Max Weber-, como en el norteamericano de la escuela de Chicago se hace una crítica de lo irracional del exceso de gobierno -que en Alemania habría encarnado el régimen de guerra nazi, pero antes también la economía dirigista del período de guerra 1914-18, y después el socialismo estatal de la Alemania Democrática-. El “ordoliberalismo” trataba de asegurar legalmente la libertad de los procesos económicos, pero cuidando de que estos no produjeran distorsiones sociales que llevaran a una revolución.

En cuanto al “anarcoliberalismo” norteamericano, rechaza la política del New Deal como un exceso de intervencionismo propio de la etapa de guerra: la inflación de los aparatos gubernamentales transmitiría rigidez y distorsión al mercado, lo que a su vez requeriría intervenciones estatales aún mayores. Este neoliberalismo se distingue del alemán en que no piensa -no quiere saber- que el mercado produzca males sociales tan graves que haya que contrarrestarlos a través de una política de “protección social”, sino que trata de todo lo contrario, de acabar con todo lo social y ampliar las formas y comportamientos del mercado a los ámbitos de la biopolítica -como la familia, la natalidad o la política penal-.

Pero aún parece que nos movamos en el terreno de una defensa de las libertades contra los gobiernos. ¿En qué se acerca este sistema, el actual, a las posiciones fascistas, que parecían estatalistas? Será necesaria cierta matización del esquema foucaultiano para poder verlo. Para ello deberemos…

…recordar a Baudrillard

Que tan temprano como en 1977 nos propuso “olvidar a Foucault”. Tal vez en efecto los análisis de éste sólo podían ser tan acertados porque trataban de una realidad ya pasada; porque la sociedad (neo)liberal había dejado de ser la nuestra. Esa es la idea de Baudrillard[4]: “Algo nos dice … en esta escritura demasiado bella para ser verdadera que si es posible, por fin, hablar del poder … con esa inteligencia definitiva y hasta en sus más delicadas metamorfosis, es que … todo está desde ahora caduco…”, es que “Foucault opera en los confines de una época … en vías de desaparecer…”. Y es que para Baudrillard estamos en el momento de la “simulación redoblada”, también la del poder, en la que terminaría “el ciclo de la Revolución”.

Foucault se equivocaría al hacer una ontología en la que el poder es una realidad primera, y no un simulacro, un efecto de seducción, y como tal reversible. Con la apelación metodológica al poder él pondría un término, un verdad “originaria”, al proceso interminable de la interpretación. Y de ese modo “inmoviliza, neutraliza, el ataque a lo social”, que es “espejo del Capital”. Pero si hoy la sociedad es sólo capital, lo único posible contra éste es “desafiarlo”, obligarlo a llegar a los últimos extremos, “encerrarlo” en sí tal como se da -“desafiante”, “fascinante”: fascista; simulado pero hegemónico-. Y es que el Poder, como Dios, cuando muere “de la superstición de sí mismo como substancia”, escenifica una muerte “estética” -con trampa-, y de una estética “retro”.

Por tanto -dirá más tarde[5]-, lo que se da ahora en el mundo occidental no respondería a la idea de poder, sino a la de “hegemonía”. Pues ya se habrían destruido los vínculos sociales basados en la dominación: el esclavo emancipado habría interiorizado la posición del amo, liberándose de todo “poder” a la vez que se sometía al “orden” hegemónico mundial. En este mundo “unidimensional” las luchas se reducirían a simulación o se darían en el terreno de la simulación -como muestra el terrorismo, que es “un envite simbólico”-. Sin cabida en lo real, ya que “se nos concede todo, o se nos concederá”, incluso la “liberación”: para todo tendrían los técnicos una solución. No se podía hablar ya de “opresión” o de “alienación”; sólo de “tutela”. Pero en ella todos los logros de la sociedad liberal se habrían confabulado para nuestra servidumbre, y la violencia revolucionaria se habría hecho imposible en esa “positividad total”. Hoy sería el exceso de bien lo que produciría el mal, lo que nos llevaría a la catástrofe. Recordemos esto cuando nos preguntemos cómo debemos utilizar esta crisis.

Y sin embargo, cuando Baudrillard decía esto en 2005, ya sabía de la crisis, o al menos de la “burbuja” que necesariamente la produciría. Pues la economía había ya “saltado por encima de su sombra”, el valor, como el poder lo había hecho por encima de la suya, la representación. Ya no había intercambio, como ya no había democracia, porque sus referencias han desaparecido en la especulación no respaldada por valores y en el espectáculo de unos políticos que a nadie representan -más que al dinero-: “carnavalización” del poder. Y precisamente el sistema funcionaría a partir de la aniquilación de lo real, de la cancelación de todas las cuentas.

Lo que no significa que Occidente no entregue nada al resto del mundo a cambio de sus crisis, su sumisión y sus ataques terroristas. Entregamos nuestros valores muertos, en “la indignidad, … la obscenidad, la desublimación, … la exhibición”. Entregamos nuestra falta. Y con ello esperamos, el poder hegemónico espera, expropiar la riqueza simbólica del adversario. La postmodernidad y la democracia hace tiempo que se convirtieron en autoparodia. Ahora exigen la desaparición de toda convicción, de todo valor, en las otras culturas. Enorme poder de fascinación -de fascismo- de occidente: los “otros” responden parodiándonos, parodiando nuestros “valores” -¿serán eso las actuales “revoluciones árabes”?-.

Pero, además, los “otros”, los que no han llegado a la “ultrarrealidad” de los países dominantes, ni siquiera a la realidad de la Historia, salen del espejo en que nos copiaban y nos reducen a su condición miserable anterior. Y, ahora que la realidad se ha agotado como cualquier otro recurso natural, en medio “nosotros”, que desde tasas mínimas de realidad rudimentaria hemos querido y creído ocupar esa “ultrarealidad” hiperdesarrollada -postmodernos de derechas-, ahora reducidos otra vez a realidad primaria, a país pobre, a república bananera.

Pues creíamos estar viviendo bajo “un imperativo ilimitado” de liberación y goce, donde la crisis del sistema sólo podría venir de nuestra incapacidad para desear y necesitar más allá de nuestros límites provincianos. Pero ¿están saldadas todas las cuentas? ¿Es ya totalmente innecesario todo valor real? Ahora sabemos que tampoco Baudrillard había previsto todas las características de este momento de transición. Desde luego el sistema ha elegido como salida una huida hacia delante: al estallido de una “burbuja” responde siempre con la creación de otra mayor, ahora la inabarcable burbuja del “rescate” -e igual con las “burbujas” simbólicas-. Pero nadie puede sostener que eso pueda prolongarse al infinito: las consecuencias de la Deudocraciaestán ya ahogándonos, y en el terreno político la necesidad de una realidad tras las imágenes glamorosas del marketing también parece urgente.

Sin duda Baudrillard y otros han ido demasiado deprisa en su certificación de la defunción de la Historia[6]. Y ahora hay que decir que la desaparición de toda realidad es, no sólo entre nosotros, sino en gran parte de occidente, sólo una tendencia; que aún la faltarían tramos importantes de su camino para completarse. Completarse en un gran desequilibrio, que no se va a imponer mediante “la asunción de los Derechos Humanos”, sino entre enormes convulsiones, con una gran violencia. Pues se cumplirá contra toda la población.

Conclusión: Liberal-fascismo, fascismo “postmoderno”

Resulta claro que en un escenario socio-político donde no se juega en torno al valor ni a la representación reales, el tan amado “Bienestar” tenía que desaparecer en el propio simulacro. Ahora sólo lo irrepresentable, el orden esclavista y la sobreexplotación inmisericorde, es representado por “nuestros representantes”; ahora sólo la coacción a los gobiernos para que entreguen en el pozo sin fondo de las acciones de las grandes compañias el dinero de los contribuyentes da valor a las empresas naufragantes; y sólo la miseria es repartida en esos salarios y esas pensiones huérfanos de valor real. Si, como Baudrillard dice, “la farsa, al repetirse, acaba siendo historia”, ahora sólo lo irrepresentable es real: la violencia criminal con que la policía de los estados neoliberales reprime las protestas contra el hundimiento de la ficción democrática; la desesperada ruina del erario público no sostenible en deuda y entregado a los símbolos de pervivencia de una “economía” que es parodia de su función social e incluso individual.

Pero ¿”fascismo”? En todo caso es un nuevo tipo de fascismo; y sin embargo es también el mismo de siempre. Pues fascismo es el resultado de esta ruina. Estamos ante la repetición de una dinámica. El fascismo primitivo de los años 30 tuvo que maquillarse para poder aspirar de nuevo al poder tras la derrota de la segunda guerra mundial. Pero sólo eliminó su retórica inesencial y ya hace mucho que el programa de los neofascistas italianos, austríacos o franceses no es del todo nacionalista -sólo respecto a los emigrantes no estrictamente imprescindibles para las empresas- ni abiertamente dictatorial, sino de apoyo a una “dictablanda”, una pseudodemocracia autoritaria y antisocial. Pero sus objetivos sociales y políticos son exactamente los que se impusieron, siempre contra sus declaraciones demagógicas de “bienestar y paz social” y de preponderancia de la pequeña empresa nativa, en el fascismo de los años 30[7]: dominio violento del gran capital y disminución de los derechos y el nivel de vida de los trabajadores; prohibición de la lucha de clases, y con ello censura rígida de los derechos de expresión, manifestación y huelga. Y en sus versiones cristianas, imposición del viejo moralismo patriarcal intransigente: “Agnus Dei qui tollis peccata minuta”. Además intermitentemente se ha dado la colaboración de las fuerzas de seguridad con las brigadas del fascismo “folklórico”: sus barbaridades han tenido entonces carta blanca. Y si el neofascismo se abstuvo de su retórica “socialista”, que no había sido creída, y de la retórica nacionalista allí donde el impulso de conquista de la nación, aplastado por otras más fuertes, era ya una palabrería patética -así en España, Portugal o Italia-, no desapareció ese nacionalismo en aquellos países que tenían la fuerza para desarrollar una verdadera expansión territorial y económica -el mejor ejemplo tenían que proporcionarlo, cómo no, los USA, pero no olvidemos nunca a Alemania y su expansión hacia el este-.

Y es que es importante, para entender la coincidencia del neoliberalismo con el fascismo, no creer la literatura que éste difundió sobre su “preocupación social” -recordemos que en los sindicatos verticales los representantes de los trabajadores eran precisamente los empresarios-. Sin duda la “preocupación” en ambos es la de evitar la difusión de posiciones revolucionarias.

Pues ni siquiera los “socialistas” han tenido otra “preocupación. Nunca hemos vivido en occidente dentro de una lógica socialista; siempre se mantuvo la lógica del capital, con paliativos que no le eran esenciales -por eso ahora desaparecen-. Pero “conservadores” y “socialistas” no admiten que la nueva situación que ellos -como siempre de acuerdo en todo- nos preparan, pueda ser llamada “fascismo”. Y no sólo ellos se defienden de tal acusación. Jean-Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, repetía un argumento que debe hacernos pensar: “No tenemos nada de fascistas porque no tenemos nada de socialistas”. ¿Entonces, no es fascista Le Pen? ¿No lo era Franco en la segunda etapa de su régimen? Ha habido, en los años 60 y 70, posiciones en la izquierda española que afirmaban tal cosa, diferenciándose de la actitud oficial del PC. No entraremos ahora en lo acertado o erróneo de tal posición, que era por varios motivos muy interesante.

Pero, sobre todo, aquello esencial en que coinciden el fascismo primitivo y el neoliberalismo es la invasión, la sustitución de lo social por lo económico: los seres humanos son tratados como si fueran, sólo, elementos de un proceso económico, generador de beneficios. Esa sustitución llevó en otras épocas a que pudieran ser empleados para fabricar jabón y lámparas de piel con sus cuerpos; ahora podríamos ser tratados de forma no mucho mejor por el poder.

Lo que lleva a una forma tan esencial al fascismo como lo anterior, y es que sumaba las tres formas de poder -el de soberanía, “democratizada” por la práctica de la denuncia; el disciplinario, y el biopoder de control de poblaciones- llevándolas a su extremo más violento, y con un fin de guerra en que el racismo definía el objetivo.

Esa concentración de poder, como sus resultados, la guerra total y el genocidio, parecían hoy erradicados. Pero ¿es hoy la opresión sólo simulada? ¿No sabemos qué estamos haciendo en el tercer mundo? Hemos visto que para el neoliberalismo es imprescindible la ocultación del carácter bélico de nuestra sociedad, de su “contraterror”, que a través del dominio del bien nos lleva al mal absoluto. Pero hay que tener claro que “guerra”, fascismo, es todo mecanismo, aún con rostro “pacífico”, que impide que los expropiados de la riqueza o del poder conquisten lo que les falta; pues es evidente que si la democracia fuera real, lo harían.

Parece que el poder hubiera renunciado al derecho a matar. Pero hay, subterráneo en este sistema “protector” y como parte esencial, no sólo un “racismo blando” que expone a la muerte -y no sólo a la “muerte civil”- a aquellos que no pueden ser integrados en el sistema colectivo de “felicidad”, sino también un “racismo duro” que la causa -la va a causar- directamente cuando el orden hegemónico se ve en peligro. Foucault señala que estos sistemas han utilizado ese “racismo” en la guerra, para exponer a la muerte a sus ciudadanos. ¿Puede esto identificarse con el principio de que hay necesidad de exterminar a los inferiores para que los individuos “sanos” puedan proliferar? ¿Sólo en los fascismos de los años 30 se aplicó la máxima de que “cuanto más hagas morir más, por eso, vivirás”? ¿Desconocemos lo que estamos haciendo en el tercer mundo? ¿Y en los márgenes de nuestras ciudades, en el cuarto mundo? El neoliberalismo es ya fascismo en su ideología de racismo socioeconómico: hay individuos superiores e inferiores, que merecen por sí el triunfo o el fracaso.

Y un último punto: el argumento defensivo de los liberales es que en estas sociedades no se aplican las tecnologías de desaparición contra los adversarios políticos. Pero ¿nos hemos creído que “conservadores” y “socialdemócratas” son verdaderamente adversarios entre sí? ¿Cómo se trata en esos regímenes a quienes exigen un cambio esencial del sistema socio-económico? ¿Les recuerdan algo  las palabras Baader-Meinhof? ¿O los GAL?

Y al movimiento del 15M, ¿cómo se nos va a tratar en los conflictos venideros?

***

Pues todo nos lleva a pensar que esta situación sólo puede hallar salida en una revolución pacífica o en un neofascismo (mal) encubierto.

Aunque sin duda nuestras ideas sobre esta crisis están aún formándose. Pero no hay que temer que queden sin conclusión: los elementos y las razones de su madurez nos las va a dar el poder en los próximos meses. En este momento en que las direcciones de las derechas reaccionariasdiscuten cuántos muertos serían asumibles en la represión de las próximas protestas, nuestra cuestión será respondida por ellos, que nos indicarán cómo hay que luchar. Sabemos de momento que es necesario un enfrentamiento simbólico pero también, aún, político; un “intercambio imposible, imprevisible”. ¿Sujetándonos siempre a unas normas basadas en lo universal? Pero no hay una universalidad no liberal. Y ¿qué importa lo universal? “Pese a… Kant… se ríe de esa ley universal… el corazón de los hombres también”[8].

Lo iremos “escribiendo”. ¿En qué estilo? Parafraseando a Thomas de Quincey: “De la revolución, considerada como una de las bellas artes”.

[1] Sobre esto ver Foucault, M.: Defender la sociedad, FCE, Buenos Aires, 2000.

[2] También esencial para este punto, Foucault, M: Microfísica del poder, La Piqueta, Madrid 1992.

[3] Para este apartado, ver Foucault, M., Nacimiento de la biopolítica, Akal, Madrid, 2009.

[4] Acerca de esto, ver Baudrillard, J., Olvidar a Foucault, Pre-textos, Valencia, 1994, p. 73 y p. 10s.

[5] Recurriremos también a ideas expresadas en Baudrillard, J., La agonía del poder, Círculo de Bellas Artes, Madrid 2006.

[5] Ya con los atentados del 11S se vio que algún acontecimiento histórico era aún posible.

[6] Del que, desde luego, quedan restos no tan folklóricos ni tan testimoniales.

[7] Idem, p. 41.

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Publicado por

deparlamipueblo

Activista social y político que reside en Parla (Madrid).

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