Lucha de castas

El conflicto es la base de la evolución (el pez grande devora al chico) y al mismo tiempo parte esencial del gran teatro del mundo calderoniano, donde todo debe cambiar (lampedusianamente) para que todo siga igual.

Mucho ha llovido desde que un todavía joven Marx anunciara al mundo que la realidad era consecuencia de una lucha de clases, donde los unos, que dominaban los medios de producción, explotaban a los otros, que trabajaban alienados para ellos. Aunque antes que Marx algunos otros (por ejemplo, Maquiavelo) habían detectado ya este fenómeno, según su extraña profecía cuando acabara esa lucha de clases, tras un “breve y necesario” paso por la dictadura del proletariado, acabarían todos los males. Sin embargo, ni la dictadura del proletariado fue breve ni del proletariado, ni las clases desaparecieron, simplemente cambiaron. En unos casos los ricos fueron sustituidos por la nomenclatura, en otros la clase media llegó a ser la dominante.

Mucho ha llovido, pero la tierra mojada nos presenta hoy una nueva realidad que suena ya a vieja. La ilusión de la igualdad se ha quedado en simple ilusión, más formal que real: para unos un eslogan con el que esconder sus verdaderas intenciones, para otros algo imposible o tal vez incluso indeseable. En los últimos decenios, bajo una sociedad formalmente solidaria y un Estado del bienestar que parecía potente, en realidad los más y los menos (todos) buscaban acumular privilegios. De eso se trataba y de eso se sigue tratando, aunque no nos diéramos cuenta.

Se hablaba de “derechos” (que son por esencia para todos) pero en realidad se buscaban privilegios (solo para algunos). Es entonces cuando las clases tradicionales se transmutan en diferentes castas: la casta económica-financiera, la casta política, la casta sindical, la casta nacionalista, la casta universitaria, la casta de los subvencionados… La diferencia entre las castas está en el tamaño y cantidad de sus privilegios, y en los costes que tienen en conseguirlos y en mantenerlos. Pero a fin de cuentas todos buscan lo mismo: adquirir e incrementar sus privilegios. Los que eran ricos buscaban seguir siéndolo, y los que no lo eran buscaban serlo y seguir siéndolo después, los que tenían poder buscaban seguir teniéndolo, y los que no lo tenían buscaban conseguirlo y luego seguir teniéndolo después.

Bajo el paraguas de la igualdad y la libertad, en realidad de lo que se trataba era de entrar en alguna de esas castas para obtener su protección y sus ventajas. Desde esa óptica tan “progresista” se negociaron, por ejemplo en nuestro país, la recuperación de los fueros vascos y navarros, ante la comprensión de otras castas: no importa que unos aumenten sus privilegios si nosotros también podemos incrementar los nuestros. O se comprende la actuación de algunos sindicatos en el sector público.

Si además uno o una podía pertenecer a más de una casta entonces el negocio era perfecto. Por ejemplo, si se era miembro de la casta política y además se era nacionalista, ¡bingo! doble privilegio. Si se era de la casta nacionalista, seguramente al mismo tiempo se estaría en la casta de los subvencionados, y si no, siempre le quedaba al afectado el consuelo de formar parte de un grupo dominante que podía mirar por encima del hombro a los descastados (por ejemplo los no nacionalistas en su territorio). Si se era parte de la casta universitaria, y además se podía entrar en política pues ¡bingo!, doble privilegio…, y así en el resto.

Lo que tienen en común las castas es que los requisitos de entrada suelen ser laxos, lo más importante es hacer favores o tener relaciones, pero una vez dentro es como si se perteneciera a una hermandad o a una secta: es para siempre. Pueden pelearse entre ellos, pero en realidad es mucho más lo que tienen en común que defender. Suelen ser más agresivos con los que amenazan sus privilegios desde fuera que con el resto de castas, con las que al final pueden llegar siempre a formalizar algún tipo de acuerdo.

La novedad del contexto actual es que las castas comienzan a pelearse entre ellas porque el sistema ya no puede sostener el continuo incremento de los privilegios de todos. No es que a la casta universitaria le importen mucho los problemas reales de la gente. La prueba es que solo se han movilizado cuando “los recortes” han afectado directamente a sus propios privilegios, en los que cómodamente venían instalados hasta entonces.

Como casi siempre ocurre en la historia no son los desposeídos (o descastados) los que logran vencer a los poderosos, sino otros poderosos con la habilidad para encabezar el descontento popular. Hoy la lucha se produce (tal vez) entre las castas política y económica, por un lado, y la casta universitaria y la de los subvencionados, por otro. Si ganan estos habrá una nueva nomenclatura que asumirá nuevos privilegios, como han venido haciéndolo siempre, solo que antes era en pequeña escala, ahora lo harán a lo grande. Y mientras los descastados asistirán a una nueva frustración por creerse que una casta era mejor que otra.

Tal vez sea imposible un mundo sin clases o sin castas, pero al menos deberíamos intentar lograr que en este país los privilegios fueran la excepción y no la regla, y solo para quien se los merezca, y solo mientras se los merezca. Para ello, la casta-clase media, la de la gente que trabaja, se esfuerza y paga impuestos, debe tomar de nuevo el poder. Ésta es la auténtica revolución. La de volver a ser gente sensata, honrada y normal.

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Huntington, Fukuyama y el Eurasismo

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Por Alexander Dugin

El antiamericanismo propio de la “estructura rusa” es una continuación de la posición intelectual de los eslavófilos. Estos últimos pensaban que no se puede asumir plenamente la identidad rusa más que deshaciéndose de la huella de Occidente, liberándose de esta manera europea de mirarse a uno mismo que se convirtió en la norma después de Pedro el Grande. Pero la Europa actual ya no es la Europa de la época de los eslavófilos, ni tampoco de los primeros eurasistas. Europa es distinta de Occidente, es decir, de la esfera de influencia de los Estados Unidos. Llegar a ser ruso, hoy, es liberarse a todos los niveles de la influencia occidental y americana. El occidentalismo no sólo es una posición intelectual, sino simultáneamente una enfermedad contagiosa y una traición a la patria. Es por eso que se debe combatir sin descanso a Occidente.

Al combatir contra Occidente, los rusos se afirman como rusos, pertenecientes a la cultura rusa, a la historia rusa, a los valores rusos.

Samuel Huntington describió de manera realista los obstáculos a los que se enfrentan inevitablemente los partidarios de un mundo unipolar y los fanáticos del fin de la historia. Cuando el último enemigo formal de los Estados Unidos, la Unión Soviética desapareció, algunos imaginaron que Occidente había llegado al final de su desarrollo democrático liberal y que se iba a acceder al “paraíso terrestre” de la sociedad tecno-mercantil. Esa era la idea de Francis Fukuyama cuando escribió su famoso artículo sobre el final de la historia. Huntington tuvo el mérito de mostrar todo lo que contradecía el optimismo profesado entonces en los medios de comunicación globalistas. Analizando estos fenómenos, llegó a la conclusión de que se podían incluir bajo una sola denominación: las civilizaciones. Ésta es la palabra clave.

Pero lo que significa esa palabra, es también la reaparición bajo una forma posmoderna de un concepto premoderno. La civilización islámica, por ejemplo, existía antes de la modernidad. Pero en la época moderna, la colonización y el laicismo deslegitimaron el uso de este término. Ya sólo se reconocían “etnias” musulmanas. Después de la descolonización, aparecieron Estados-nación que tenían una “población musulmana”, pero es sólo con la revolución iraní (donde encontramos algunos rasgos característicos del tradicionalismo y de la revolución conservadora) cuando se vio surgir un Estado musulmán propiamente dicho, donde el Islam fue políticamente reconocido como la fuente del poder y del derecho. Teorizando acerca de la transición del Estado a la Civilización, Huntington formuló un nuevo concepto politológico, llamado a tomar así implícitamente (y atrajo la atención sobre) una nueva dimensión de la política internacional que nació tras la desaparición de la URSS. A continuación, los medios atlantistas descubrieron que tendrían que hacer frente a un enemigo que, a diferencia de la Unión Soviética, no se apoya en una ideología explícitamente formalizada, pero que sin embargo ha comenzado a cuestionar y socavar las bases del “nuevo orden mundial” liberal y americanocéntrico. El enemigo ahora son las civilizaciones, y ya no sólo los países o Estados. Punto de inflexión.

Entre todas las civilizaciones, sólo la civilización occidental se presenta como universal, pretendiendo ser de este modo “la civilización” (en singular). En términos formales, ya nadie le replica, pero en realidad, la gran mayoría de los hombres y mujeres que viven fuera del espacio europeo o americano rechazan interiormente este dominio, y siguen arraigados en tipos histórico-culturales diferentes. Esto es lo que explica el resurgimiento actual de las civilizaciones. Huntington concluye de ello que el dominio planetario de Occidente tendrá que enfrentarse a nuevos retos. Él aconseja ser consciente de este peligro, prepararse para la reaparición de ciertas formas premodernas en la era posmoderna, y tratar de protegerse contra ellas para garantizar la seguridad de la civilización occidental. Fukuyama era un globalista optimista. Huntington es un globalista pesimista, que analiza los riesgos y mide los peligros. Podemos sacar una lección eurasista de su análisis. Huntington tiene razón cuando dice que las civilizaciones vuelven a aparecer, pero se equivoca al afligirse. En cambio, debemos alegrarnos del resurgimiento de las civilizaciones. Debemos aplaudirlo y apoyarlo, preparar los catalizadores de este proceso y no observarlo pasivamente.

Los choques entre civilizaciones son casi inevitables, pero nuestra labor debe consistir en reorientar la hostilidad, que no va a dejar de crecer, contra los Estados Unidos y la civilización occidental, en vez de dirigirse a las civilizaciones vecinas. Hay que organizar el frente común de las civilizaciones contra una civilización que pretende ser la civilización en singular. Este enemigo común prioritario es el globalismo y los Estados Unidos, que ahora son su principal vector. Cuanto más los pueblos de la Tierra se convenzan de ello, más los enfrentamientos entre las civilizaciones no occidentales podrán ser apaciguados. Si debe haber un “choque” de civilizaciones, tiene que ser un choque entre Occidente y el “resto del mundo”. Y el eurasismo es la fórmula política que conviene a este “resto”.

Hay otro punto en el que, obviamente, no podemos seguir a Huntington, cuando llama al fortalecimiento de las relaciones transatlánticas entre Europa y los Estados Unidos. La nueva generación de dirigentes europeos ya ha respondido positivamente a esta llamada, algo que podemos lamentar. El destino de Europa no está en el otro lado del Atlántico. Europa debe establecerse claramente como una civilización distinta, libre e independiente. Tiene que ser una Europa europea, no americana y atlantista. Debe construirse como un imperio democrático posmoderno, mediante la reivindicación de sus raíces culturales y sagradas, pues una parte de su futuro también radica en su pasado. Una Europa que no se alzase también contra los Estados Unidos traicionaría a sus raíces al tiempo que se condenaría a no tener futuro. Europa no pertenece tampoco al espacio eurasiático. Ciertamente, puede y debe incluso ser eurasista en la medida en que se adhiere a esta “idea universal de que no hay civilización universal”, pero no tiene que integrarse en el espacio geográfico de Eurasia. Lo que más desean los rusos es que, simplemente, ella sea ella misma, es decir, europea. El eurasismo no consiste en imponer su identidad a los demás, sino más bien ayudar a todas las diferentes identidades a afirmarse, a desarrollarse orgánicamente. Y a prosperar. El filósofo ruso Konstantin Leontiev dijo que siempre debemos defender la “multiplicidad floreciente”. Éste es el lema preferido de los eurasistas.

Fuente: Revista digital Elementos

Extraído de: Página Transversal

PODEMOS PARLA, UNA SECTA CODICIOSA

Desde la celebración de las elecciones al Consejo Ciudadano, el Circulo de PODEMOS de Parla ha ido cada vez mas a una carrera suicida en la que lo político ha pasado a ser algo más que secundario. Los integrantes del equipo ganador están mostrando su evidente codicia con un Poder que sin haber sido alcanzado en las urnas, ya se lo estan repartiendo.

Ahora, una vez conseguida la dirección política, ocultan quienes son convocando asambleas ciudadanas “fantasmas” al no figurar ni nombre de organización ni quienes intervienen. Es algo inaudito en la política local, que siempre ha visto identificados los convocantes de cualquier acto, ya sean organizaciones o personas, más aún a nadie se le pasa por la cabeza ahora escudarse en el anonimato, si no hay intereses espureos tras estas convocatorias.

Solo cabe pensar que solo ver las siglas o quienes convocan, sus actos serían repudiados o ignorados por los ciudadanos, pese a llevar una “marca” que vende, como dicen ellos mismos para justificar su concurrencia a las elecciones municipales bajo la cobertura de una AGRUPACIÓN DE ELECTORES. Y ello además con la incongruencia de ir contra los principios de la propia organización.

Sirva pues esto como ejemplo de hasta donde PODEMOS es un “gigante” con pies de barros. No me extraña pues que haya preocupación en los dirigentes médiaticos de Podemos ante los escandalos que se avecinan protagonizados por muchos advenedizos que se han unido al partido, muchos como pasa en Parla con discursos dificiles de digerir por quienes siendo de izquierdas han puesto sus esperanzas de cambio en ellos.